El Día de los Trabajadores

   Imaginemos una tarde oscura en un suburbio londinense del siglo XIX. Personas deambulando, mendigando o cansadas de trabajar durante un mínimo de diez horas al día. Personas obligadas a abandonar el pueblo por un futuro incierto en la ciudad. Mientras tanto, lujosas carrozas cruzan los barrios de la gente que manda. 

   Karl Marx pasea por esos barrios como un fantasma, un agente doble, un burgués avergonzado del lujo. Este genio de la Historia era, como buen alemán adaptado al mundo anglosajón, una persona práctica. Ante la explotación de los barrios humildes, ¿cómo no generar un gran relato que liberase a los obreros de sus cadenas? Le imagino leyendo El Príncipe de Maquiavelo, fumándose un puro y pensando en la lucha de clases. Pensando que, con tal de evitar grandes sufrimientos, incluso el fuego puede ser buen aliado. 

   Ahora volvamos al año 2020. Durante los últimos dos siglos millones de personas han dado su vida para que en Europa vivamos de forma decente. Luchando por la mejora de las condiciones de vida, el voto femenino, la derrota del fascismo, la paz frente a los conflictos bélicos… En estas circunstancias, muy diferentes a aquella tarde oscura del siglo XIX, nos toca pensar el presente.

   Hoy en día los relatos de confrontación abierta se diluyen rápido. Pueden ser efectivos en el corto plazo, pero no generan bases sostenibles, como se aprecia con el proyecto populista. En nuestros tiempos se piden hechos, y no relatos épicos, efectividad y solvencia entre una gran oferta de políticas públicas. Un proyecto colectivo sólido para la mejora de las condiciones de vida.

   Es importante pensar el presente sin dogmatismos. Defender nuestra postura con coherencia y trabajar con seriedad para que mañana sea un día más justo que hoy.   Sin olvidar que la tarde oscura ahora se cierne sobre el Sur global, donde mueren personas de hambre a diario, y que nuestro placentero mediodía se basa en un crecimiento insostenible que lleva hacia una crisis climática sin precedentes.

   En Ítaca en el siglo XXI. Ecologismo y democracia defendí mi posición -creo que este proyecto se encuentra en la unión entre ecologismo, feminismo y demandas democráticas, entendiendo que en una democracia plena se defiende la igualdad, es decir, la demanda de los trabajadores-. Pero el libro, al fin y al cabo, sirve para otro tema mucho más importante que mis opiniones: debatir de forma colectiva, compartir y fortalecer una esfera pública crítica.

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